Órbita de la palabra (J.M. Caballero Bonald)

Yo he dicho por ejemplo: amada, pueblo mío,
madre mía, esperanza, somos iguales, siempre,
pan, hermano, te quiero… He dicho en fin que el mundo
cabe en mis labios, gira en sus bordes, me dicta
su palabra insaciable, me oprime entre los nudos
que amordazan la historia furtiva de quien fui.

Todo eso lo he dicho y quizá sea bastante
quizá lo que he callado sea materia de olvido,
almacén de codicias donde un dios me sepulta,
donde estoy rescatándome, adivinando el cerco
que separa mi boca de todos los caminos
que ocupan las palabras debatiéndose a ciegas.

Pero me llamo hombre. Mi memoria está viva,
va más allá del tiempo, de jornales ganados
a fuerza de renuncias, de míseras cautelas
para andar y estar solo y andar después aún.
Pero me llamo tierra. Mis efímeros sueños
no pueden contener ese enjambre de indicios
que mi cuerpo recibe, que mis manos soportan
y más y más reduzco cuanto más me aniquila.

Exploro mi evidencia, es decir, mi secreto,
ese azar que jamás se me ofrece y desnuda,
que va siempre conmigo y controla mis ocios.
Veo mi casa en el sur, luminosa entre nieblas,
hecha con sueños míos, con preguntas a solas,
crecida hacia mí mismo como el trigo hacia el pan.
Digo su nombre y otros que mis labios restañan.
Reúno en mi memoria las vidas que he amado,
los sitios donde estuve, los libros que habité,
toda la realidad y el sueño en que consisto.

Y de pronto este día de octubre, no sé cual,
me he topado de bruces contra un tiempo vacío,
contra el pan de estar solo que comparto con nadie,
y casi estoy seguro que nunca he de poder
represar la corriente de tantos días vanos
como están despeñándose en mi ignorancia de hoy,
contener el tamaño caliente de la lluvia,
la sombra de mi infancia donde yo sigo siendo
un miedo combativo, un temor que conserva
ese último rastro de esperanza o de música
que resbala a lo lejos y me hace entender
que aún busco esa palabra que acabará salvándome.

Acerca de Estación claridad: vengo llegando

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