Cuentos zapatistas (21): la historia de la Vía Láctea

Antes de que la lluvia desnude a la montaña, allá arriba se ve un largo camino de luz polvosa. Desde allá viene y se va hasta allá, dice el Viejo Antonio con apenas un gesto de un lado a otro. ”Vía Láctea” dicen que se llama, o también lo nombran ”Camino de Santiago”. Dicen que son muchas estrellas que a saber por qué se dan en estarse juntas y pequeñitas, haciéndose hendidura y caminito en el ya de por sí agujereado cielo. Dicen, pero no así es, dicen también. Cuentan los más viejos de nuestros viejos que eso que se ve allá arriba es un animal herido.

Hace una pausa el Viejo Antonio, como esperando la pregunta que no hago: ¿un animal herido?

Hace muchos tiempos, cuando ya los dioses más primeros se habían creado el mundo y se la pasaban haraganeando, los hombres y mujeres se vivían la tierra trabajándola y botándola y así se la pasaban. Pero cuentan que un día, en un pueblo se apareció una gran serpiente que se alimentaba de hombres. O sea que sólo se comía a los varones, a las mujeres no las comía. Y ya luego que se comía a todos los hombres de un poblado, se iba a otro y hacía lo mismo. Rápido se avisaron los pueblos entre sí de este gran espanto que les llegaba y muchos miedos platicaban de esa gran culebra, que si era tan gorda y larga que alcanzaba a rodear a todo un poblado, como una pared que no dejaba ni entrar ni salir, y que ahí nomás decía que si no le daban a todos los varones nomás no dejaba salir a nadie, y así algunos se rendían y otros peleaban, pero grande era la fuerza de la culebra y siempre ganaba. Con miedo se vivían los pueblos, esperando nomás el día en que les iba a tocar que llegara la grande culebra a comerse a todos los hombres, enteros se los tragaba la serpiente. Cuentan que hubo un hombre que logró escapar de la serpiente y se fue a refugiar en una comunidad que ya de por sí había sido atacada. Ahí, delante de puras mujeres, el hombre habló de la culebra y de que había que luchar para derrotarla porque mucho era el daño que hacía en estas tierras. Las mujeres se dijeron ¿qué podemos hacer si somos mujeres?, ¿cómo vamos a pelear contra ella sin hombres?, ¿cómo vamos a atacarla si ya no viene para acá porque ya no hay hombres, todos los comió ella?

Se fueron las mujeres, muy desanimadas y tristes. Pero una quedó y se acercó al hombre y le preguntó qué cómo pensaba que podía pelearse contra la culebra. El hombre dijo que no sabía pero que había que pensar cómo. y, juntos, el hombre y la mujer se pusieron a pensar y se hicieron un plan y se fueron a llamar a las mujeres para decirles el plan y todas estuvieron de acuerdo.

Entonces sucedió que el hombre se empezó a mostrar sin pena por en medio del pueblo y de lejos lo miró la serpiente, porque muy buen ojo tenía esta culebra que lejos veía. Y entonces se llegó la serpiente y rodeó con su largo cuerpo el poblado y dijo a las mujeres que le entregaran a ese hombre que andaba ahí o si no pues no iba a dejar que nadie entrara o saliera. Las mujeres dijeron sí te lo damos, pero tenemos que reunirnos para sacar acuerdo. Está bueno, dijo la culebra. Y entonces las mujeres se pusieron en círculo alrededor del hombre y como eran muchas pues el círculo se iba haciendo más y más grande, hasta que topó de por sí con el círculo que el cuerpo de la serpiente tenía en torno al pueblo. Entonces el hombre dijo está bueno, me entrego. Y se caminó hacia la cabeza de la serpiente y, cuando la culebra se entretenía comiendo al hombre, todas las mujeres sacaron palos filosos y empezaron a picar a la culebra en todo el cuerpo y, como eran muchas y estaban en todas partes y tenía la boca llena con el hombre que comía, la serpiente no podía defenderse. Y nunca pensó que los débiles la atacarían de tal forma y en todas partes, y pronto se vio muy débil y derrotada. Y dijo entonces: perdónenme, no me maten. No, dijeron las mujeres, te vamos a matar de por sí porque mucho mal haces y te comistes a todos nuestros hombres. Hagamos un trato, dijo la culebra, si ustedes no me matan de una vez entonces yo les regreso a sus hombres porque de por sí los tengo en mi panza. Y entonces las mujeres pensaron que está bueno, que no la mataban, pero que la gran serpiente ya no iba a vivir en esas tierras y que sería expulsada. Entonces la culebra dijo: pero dónde voy a vivir y qué voy a comer, no hay trato. Y entonces estaban ahí con este problema cuando la mujer primera dice que hay que preguntarle al hombre que vino, a ver qué piensa y le dice a la culebra: suéltalo al hombre que acabas de comer y vemos si tiene una idea de cómo podemos hacer. Soltó la serpiente al hombre que ya estaba medio muerto y medio vivo y con trabajos habló el hombre y dijo que había que preguntar con los dioses primero a ver qué se podía hacer, y que él podía ir a buscarlos porque ya estaba medio vivo y medio muerto. Y fue el hombre y encontró a los primeros dioses dormidos bajo una ceiba y los despertó y les contó el problema y los dioses se reunieron para pensarse y sacar un buen acuerdo y ya entonces fueron a ver a la serpiente y a las mujeres victoriosas y escucharon y dijeron que la culpa era de la serpiente y que debía ser castigada, que devolviera pues a los hombres que había tragado y que no moriría, y la culebra vomitó a todos los hombres de todos los pueblos. Y entonces los dioses dijeron que la serpiente tenía que irse a vivir a la montaña más alta y que, como no cabía en una sola montaña pues tenía que usar dos montañas, las más altas del mundo, y en una tendría la cola y en otra la cabeza, y de comida comería luz de sol y las miles de heridas que le habían hecho las mujeres guerreras no iban a cerrar nunca y ya se fueron los dioses y ya se fue triste la culebra, la gran serpiente, a las montañas más altas y en una puso la cabeza y en otra la cola y extendió su largo cuerpo de lado a lado del cielo y, desde entonces, come de día la luz del sol y de noche esa luz se le derrama por todos los agujeritos de sus heridas.

Pálida es la serpiente, por eso no se mira de día, y por eso de noche sólo se alcanza a ver la luz que se le va cayendo y la deja vacía hasta que, al otro día, el sol la alimenta de nuevo. Por eso dicen que esa larga línea que brilla de noche allá arriba, no es sino un animal herido…

Eso me cuenta el Viejo Antonio y entiendo entonces que la Vía Láctea no es más que una larga serpiente de luz, que de día se alimenta y de noche se desangra.

Ha dejado de llover en esta noche de San Juan. Pronto el cielo se tornó moreno claro y claro se alcanza a ver que una serpentina de luz cuelga de la gruesa figura de mil heridas, de lado a lado, de uno a otro horizonte. Suave cae el plateado cairel en lo alto de esa ceiba que allí abajo gotea otra lluvia hacía más abajo. Del espejo sin rostro que en ella desvive, rebota el brillo y va más lejos, hasta allá, hasta ese rincón donde detrás de una sombra se ve…

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Acerca de Estación claridad: vengo llegando

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