La Recogedora de Palabras

Os traigo hoy un relato de Pilar Lucía. Para disfrutar, sin más:

La Recogedora de Palabras

La Recogedora de Palabras estaba muy contenta esta mañana.

Había llenado el cestillo de su bicicleta con nuevas palabras que le habían regalado así alegremente sin pedirle nada a cambio. Es verdad que mucha gente ya la conocía y cuando veían a lo lejos su bicicleta le preparaban la calderilla de palabras que les sobraba ese día.

Un barrendero le dio una de cinco letras que se había encontrado por el suelo: t-i-e-rr-a; en la papelería le regalaron p-l-u-m-a, que también era de cinco y le venía muy bien. A un colegial despistado se le cayó de la mochila la palabra a-s-t-r-o-n-a-u-t-a y se la guardó porque esa también daría su juego. En el mercadillo preguntó si había algo para ella y un señor le dio : c-u-a-d-r-o.

¿Que para qué quería La Recogedora las palabras ya usadas? Solo ella guardaba su secreto celosamente aunque a los demás les daba una explicación muy simple: para jugar cuando me aburra y con eso se quedaban tranquilos.

Pero la verdad es que la Recogedora las llevaba a su casa. Las depositaba en la encimera con mucho cuidado y las iba echando una a una en una olla de cobre que había heredado de su abuela junto con su receta mágica.

Ingredientes: leía en un cuaderno azul de gomas muy gastado.

-Un vaso de agua  grande

-Dos o tres palabras de cinco letras,  de uso coloquial.

– Una cuatrisílaba.

– Una cebolla grande cortada muy fina.

– Un poco de sal marina.

– Unos granos de pimienta.

– una pizca de aceite de lavanda.

Se dejan en remojo la noche anterior a la luz de la luna creciente.

A la mañana siguiente se hierve bien durante 15 minutos.

Se escurren bien, sacándolas de una en una con una cuchara de palo de olivo sin tocarlas con nada metálico  para que no se oxiden.

Al cabo de 12 horas las palabras estarán como nuevas, con su brillo original, y se podrán poner de nuevo en boca o en página sin que nadie se entere de que estaban usadas y se habían gastado.

La Recogedora de Palabras abrió la olla, echó las palabras sin tocarlas, peló la cebolla y lloró a moco tendido, echó la sal y la pimienta, el aceite de lavanda y se durmió tranquila esperando que la luna creciente fuera haciendo su magia y su limpieza.

  

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