Cuentos zapatistas (16): la historia de las preguntas

Aprieta el frío en esta sierra. Ana María y Mario me acompañan en esta exploración, 10 años antes del amanecer de enero. Los dos apenas se han incorporado a la guerrilla y a mí, entonces teniente de infantería, me toca enseñarles lo que otros me enseñaron a mí: a vivir en la montaña. Ayer topé al viejo Antonio por vez primera. Mentimos ambos. Él diciendo que andaba para ver su milpa, yo diciendo que andaba de cacería. Los dos sabíamos que mentíamos y sabíamos que lo sabíamos. Dejé a Ana María siguiendo el rumbo de la exploración y yo me volví a acercar al río para ver si, con el clisímetro, podía ubicar en el mapa un cerro muy alto que tenía al frente, y por si topaba de nuevo al viejo Antonio. Él ha de haber pensado lo mismo porque se apareció por el lugar del encuentro anterior.

Como ayer, el viejo Antonio se sienta en el suelo, se recarga en un huapac de verde musgo, y empieza a forjar un cigarro. Yo me siento frente a él y enciendo la pipa. El viejo Antonio inicia:

-No andas de cacería.

Yo respondo: “Y usted no anda para su milpa”. Algo me hace hablarle de usted, con respeto, a este hombre de edad indefinida y rostro curtido como la piel del cedro, a quien veo por segunda vez en mi vida.

El viejo Antonio sonríe y agrega: “He oído de ustedes. En las cañadas dicen que son bandidos. En mi pueblo están inquietos porque pueden andar por esos rumbos”.

“Y usted, ¿cree que somos bandidos?”, pregunto. El viejo Antonio suelta una gran voluta de humo, tose y niega con la cabeza. Yo me animo y le hago otra pregunta: “¿Y quién cree usted que somos?”.

“Prefiero que tú me lo digas”, responde el viejo Antonio y se me queda viendo a los ojos.

“Es una historia muy larga”, digo y empiezo a contar de cuando Zapata y Villa y la revolución y la tierra y la injusticia y el hambre y la ignorancia y la enfermedad y la represión y todo. Y termino con un “y entonces nosotros somos el Ejército Zapatista de Liberación Nacional“. Espero alguna señal en el rostro del viejo Antonio que no ha dejado de mirarme durante mi plática.

“Cuéntame más de ese Zapata”, dice después de humo y tos.

Yo empiezo con Anenecuilco, me sigo con el Plan de Ayala, la campaña militar, la organización de los pueblos, la traición de Chinameca. El viejo Antonio sigue mirándome mientras termino el relato.

“No así fue”, me dice. Yo hago un gesto de sorpresa y sólo alcanzo a balbucear: “¿No?”.”No”, insiste el viejo Antonio: “Yo te voy a contar la verdadera historia del tal Zapata”.

Sacando tabaco y “doblador”, el viejo Antonio inicia su historia que une y confunde tiempos viejos y nuevos, tal y como se confunden y unen el humo de mi pipa y de su cigarro.

“Hace muchas historias, cuando los dioses más primeros, los que hicieron el mundo, estaban todavía dando vueltas por la noche, se hablan dos dioses que eran el Ik’al y el Votán. Dos eran de uno sólo. Volteándose el uno se mostraba el otro, volteándose el otro se mostraba el uno. Eran contrarios. El uno luz era como mañana de mayo en el río. El otro era oscuro, como noche de frío y cueva. Eran lo mismo. Eran uno los dos, porque el uno hacía al otro. Pero no se caminaban, quedando se estaban siempre estos dos dioses que uno eran sin moverse. «¿Qué hacemos pues?», preguntaron los dos. «Está triste la vida así como estamos de por sí», tristeaban los dos que uno eran en su estarse. «No pasa la noche», dijo el Ik’al. «No pasa el día» dijo el Votán. «Caminemos», dijo el uno que dos era. «¿Cómo?», preguntó el otro. «¿Para dónde?», preguntó el uno. Y vieron que así se movieron tantito, primero para preguntar cómo, y luego para preguntar dónde. Contento se puso el uno que dos era cuando vio que tantito se movían. Quisieron los dos al mismo tiempo moverse y no se pudieron. «¿Cómo hacemos pues?» Y se asomaba primero el uno y luego el otro y se movieron otro tantito y se dieron cuenta que si uno primero y otro después entonces sí se movían y sacaron acuerdo que para moverse primero se mueve el uno y luego se mueve el otro y empezaron a moverse y nadie se acuerda quién primero se movió para empezar a moverse porque muy contentos estaban que ya se movían y «¿qué importa quién primero si ya nos movemos?», decían los dos dioses que el mismo eran y se reían y el primer acuerdo que sacaron fue hacer baile y se bailaron, un pasito el uno, un pasito el otro, y tardaron en el baile porque contentos estaban de que se habían encontrado. Ya luego se cansaron de tanto baile y vieron qué otra cosa pueden hacer y lo vieron que la primera pregunta de «¿cómo moverse?» trajo la respuesta de «juntos pero separados de acuerdo», y esa pregunta no mucho les importó porque cuando dieron cuenta ya estaban moviéndose y entonces se vino la otra pregunta cuando se vieron que había dos caminos: el uno estaba muy cortito y ahí nomás llegaba y claro se veía que ahí nomás cerquita se terminaba el camino ese y tanto era el gusto de caminar que tenían en sus pies que dijeron rápido que el camino que era cortito no muy lo querían caminar y sacaron acuerdo de caminarse el camino largo y ya se iban a empezar a caminarse, cuando la respuesta de escoger el camino largo les trajo otra pregunta de «¿a dónde lleva este camino?»; tardaron pensando la respuesta y los dos que eran uno de pronto llegó en su cabeza de que sólo si lo caminaban el camino largo iba a saber a dónde lleva porque así como estaban nunca iban a saber para dónde lleva el camino largo. Y entonces se dijeron el uno que dos era: «Pues vamos a caminarlo, pues» y lo empezaron a caminar, primero el uno y luego el otro. Y ahí nomás se dieron cuenta de que tomaba mucho tiempo caminar el camino largo y entonces se vino la otra pregunta de «¿cómo vamos a hacer para caminar mucho tiempo?» y quedaron pensando un buen rato y entonces el Ik’al clarito dijo que él no sabía caminar de día y el Votán dijo que él de noche miedo tenía de caminarse y quedaron llorando un buen rato y ya luego que acabó la chilladera que se tenían se pusieron de acuerdo y lo vieron que el Ik’al bien que se podía caminar de noche y que el Votán bien que se podía caminar de día y que el Ik’al lo caminara al Votán en la noche y así sacaron la respuesta para caminarse todo el tiempo. Desde entonces los dioses caminan con preguntas y no paran nunca, nunca se llegan y se van nunca. Y entonces así aprendieron los hombres y mujeres verdaderos que las preguntas sirven para caminar, no para quedarse parados así nomás. Y, desde entonces, los hombres y mujeres verdaderos para caminar preguntan, para llegar se despiden y para irse saludan. Nunca se están quietos.

Yo me quedo mordisqueando la ya corta boquilla de la pipa esperando a que el viejo Antonio continúe pero él parece no tener ya la intención de hacerlo. Con el temor de romper algo muy serio pregunto: “¿Y Zapata?”

El viejo Antonio se sonríe: “Ya aprendiste que para saber y para caminar hay que preguntar“. Tose y enciende otro cigarro que no supe a qué hora lo forjó y, por entre el humo que sale de sus labios, caen las palabras como semillas en el suelo:

“El tal Zapata se apareció acá en las montañas. No se nació, dicen. Se apareció así nomás. Dicen que es el Ik’al y el Votán que hasta acá vinieron a parar en su largo camino y que, para no espantar a las gentes buenas, se hicieron uno sólo. Porque ya de mucho andar juntos, el Ik’al y el Votán aprendieron que era lo mismo y que podían hacerse uno sólo en el día y en la noche y cuando se llegaron hasta acá se hicieron uno y se pusieron de nombre Zapata y dijo el Zapata que hasta aquí había llegado y acá iba a encontrar la respuesta de a dónde lleva el largo camino y dijo que en veces sería luz y en veces oscuridad, pero que era el mismo, el Votán Zapata y el Ik’al Zapata, el Zapata blanco y el Zapata negro, y que eran los dos el mismo camino para los hombres y mujeres verdaderos”.

El viejo Antonio saca de su morraleta una bolsita de nylon. Adentro viene una foto muy vieja, de 1910, de Emiliano Zapata. Tiene Zapata la mano izquierda empuñando el sable a la altura de la cintura. Tiene en la derecha una carabina sostenida, dos carrilleras de balas le cruzan el pecho, una banda de dos tonos, blanco y negro, le cruza de izquierda a derecha. Tiene los pies como quien está quedando quieto o caminando y en la mirada algo así como “aquí estoy” o “ahí les voy”. Hay dos escaleras. En la una, que sale de la oscuridad, se ven más zapatistas de rostros morenos, como si salieran del fondo de algo; en la otra escalera, que está iluminada, no hay nadie y no se ve a dónde lleva o de dónde viene. Mentiría si dijera que yo me di cuenta de todos esos detalles. Fue el viejo Antonio el que me llamó la atención sobre ellos. Atrás de la foto se lee:

Gral. Emiliano Zapata, jefe del ejército suriano.

Gen. Emiliano Zapata, commander in chief of the southern army.

Le Général Emiliano Zapata, Chef de l’Armée du Sud.

C. 1910. Photo by: Agustín V. Casasola.

El viejo Antonio me dice: “Yo a esta foto le he hecho muchas preguntas. Así fue como llegué hasta aquí”. Tose y arroja la bachita del cigarro. Me da la foto. “Toma”, me dice, “para que aprendas a preguntarle… y a caminar”.

“Es mejor despedirse al llegar. Así no duele tanto cuando uno se va”, me dice el viejo Antonio tendiéndome la mano para decirme que ya se va, es decir, que está viniendo. Desde entonces, el viejo Antonio saluda al llegar con un “adiós” y se despide alzando la mano y alejándose con un “ya vengo”.

El viejo Antonio se levanta. También lo hacen el Beto, la Toñita, la Eva y el Heriberto. Yo saco la foto de Zapata de mi mochila y se las muestro.

-¿Va subir o a bajar? -pregunta el Beto.

-¿Va a caminar o se va a quedar parado? -pregunta la Eva.

-¿Está sacando o guardando la espada? -pregunta la Toñita.

-¿Ya acabó de disparar o va a empezar apenas? -pregunta el Heriberto.

Yo no dejo de sorprenderme con todas esas preguntas que arranca esta foto de hace 84 años y que, en 1984, me regalara el viejo Antonio. Yo la miro por última vez antes de decidir regalársela a la Ana María y la foto me arranca una pregunta más: ¿Es nuestro ayer o nuestro mañana?

Ya en ambiente de cuestionamiento y con una coherencia sorprendente para sus cuatro-años-cumplidos-entrada-en-cinco-o-sea-seis, la Eva me suelta: “¿Y mi regalo pues?” La palabra “regalo” provoca idénticas reacciones en el Beto, la Toñita y el Heriberto, es decir que todos se ponen a gritar: “¿Y mi regalo pues?” Me tienen acorralado y a punto de sacrificarme cuando se aparece la Ana María quien, como hace casi un año en San Cristóbal pero en otras circunstancias, me salva la vida. Trae la Ana María una bolsa de dulces grande grande, pero grande de veras. “Aquí está su regalo que les tenía el Sup”, dice la Ana María mientras me mira con cara de “qué-sería-de-ustedes-los-hombres-sin-nosotras-las-mujeres”.

Mientras los niños se ponen de acuerdo, es decir se pelean, para repartirse los dulces, Ana María saluda militarmente y me dice:

-Reporto: la tropa lista para salir.

-Bien -digo poniéndome la pistola al cinto. -Saldremos como es ley, de madrugada-. La Ana María sale.

-Espérame -le digo. Le doy la foto de Zapata.

-¿Y esto? -pregunta mirándola.

-Nos va a servir -respondo.

-¿Para qué? -insiste ella.

Para saber a dónde vamos -respondo mientras reviso mi carabina.

En el aire un avión militar maniobra…

Bueno, no os desesperéis, ya casi termino esta “carta de cartas”. Antes debo desalojar a los niños de aquí…

Por último, responderé algunas preguntas que, es seguro, os haréis:

¿Sabemos a lo que vamos? Sí.

¿Sabemos lo que nos espera? Sí.

¿Vale la pena? Sí.

¿Quién que puede contestar “sí” a las tres preguntas anteriores, puede permanecer sin hacer nada y no sentir que algo muy adentro se rompe?

Vale. Salud y una flor para esta tierna furia, creo que se la merece.

Desde las montañas del sureste mexicano

Subcomandante insurgente Marcos

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Una respuesta a Cuentos zapatistas (16): la historia de las preguntas

  1. Nanette dijo:

    mara-villoso..Muak

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