Debate sobre la identidad de España (4/7): John Elliot (El Mundo, 2004)

John Elliot
«Regresar a las Españas ya no es posible»

En 1950, el joven estudiante John H. Elliott vino por primera vez a España a conocer el país y le impresionó tanto que pensó que, si se iba a dedicar a la historia en lugar de a la diplomacia, se especializaría en la de España, que era entonces un terreno casi yermo en Inglaterra. Cuatro años más tarde, regresó para investigar e hizo su tesis sobre la rebelión de los catalanes contra Felipe IV en 1640. En 1963 convirtió las notas para sus alumnos en un manual al que llamó ‘España Imperial’. Para su sorpresa, se convirtió desde su aparición en un clásico. Maestro de una generación de historiadores, nombrado ‘Sir’ por la reina Isabel II y Premio Príncipe de Asturias por su labor en la Universidad de Cambridge, Londres, Princeton y Oxford, es autor también de ‘El viejo mundo y el nuevo’ y ‘El Conde Duque de Olivares’. En la actualidad prepara un estudio comparado de la colonización española y británica de América.


[Entrevista de A. Domenech y A. Arnalte]
PREGUNTA.- En su España Imperial, usted empieza diciendo que cuando los italianos se refieren a Fernando el Católico, le llaman «rey de España». ¿Ya existía España como nación?
RESPUESTA.- Hay una idea de España algo vaga, como un concepto geográfico. Los extranjeros hablan mucho de España en el siglo XV. En el interior, es un concepto de las élites, especialmente de los círculos culturales, los humanistas. Hablan de una España perdida que hay que recuperar: la de los romanos, restaurada por la monarquía visigótica.
La Reconquista se entendía como una obra de conjunto de la Península.A ello se suman los enlaces matrimoniales entre las dinastías de Castilla, Aragón y Portugal para la recuperación de esa España perdida. En los círculos políticos y humanistas, por ejemplo, en torno al cardenal Margarit, el canciller de Juan II de Aragón (1398-1479), se habla de la
restauración de esa España. Pero esta sensación que ellos manifiestan no era compartida por el pueblo. Hasta la invasión de las tropas napoleónicas en el año 1808, el pueblo no tiene un concepto fuerte de España.
P.- Cuando Carlos V asume la herencia de Castilla y Aragón y le da una fuerte proyección europea, ¿no contribuye a reforzar una identidad española?
R.- Se trata más de una cuestión de Castilla que de España. Los Comuneros rechazan el papel global del nuevo emperador, pero, vencidos los Comuneros, las élites castellanas aceptan el destino imperial. Eso refuerza el sentido de Castilla como nación escogida por Dios. Pero se trata más bien de las posibilidades históricas de Castilla que de España.
P.- ¿Hay un fenómeno parecido entre el Reino Unido y España, en cuanto a que ambos son una unión de diferentes reinos?
R.- Lo que había en los siglos XVI y XVII, tanto en la Península Ibérica como en Gran Bretaña, era una unión dinástica. Por lo general, tanto Gran Bretaña como España son monarquías compuestas en esos siglos. Esa fue la norma de casi toda Europa. Hay que pensar en las ideas de la época, que aceptan la particularidad.Por eso se hablaba de las Españas, y no de España. Incluso en la Constitución liberal de 1812, al monarca se le llama «Rey de las Españas».
P.- ¿Por qué fracasa la unión de España y Portugal?
R.- Porque llegó tarde, cuando Portugal ya había conseguido un Imperio global que había reforzado el sentido de identidad de los portugueses.
P.- Inglaterra y España eran dos de las naciones más poderosas en la Edad Moderna. ¿Contribuyó su rivalidad a que españoles y británicos definieran más su identidad nacional frente al contramodelo del enemigo?
R.- Gracias a la gran guerra en la segunda mitad del siglo XVI, el sentido de identidad se reforzó especialmente en Inglaterra, por ejemplo, por la religión. El protestantismo inspira entre los ingleses el sentido de una lucha cósmica contra las fuerzas de Roma y España que, según ellos y los holandeses, aspiraban a la monarquía universal. Era la lucha de una pequeña nación unida por un sentimiento de pueblo protestante contra el gran enemigo del poder hegemónico de la Europa del siglo XVI. No hay duda en este sentido. Al mismo tiempo, los españoles piensan en Inglaterra, con la que habían tenido relaciones muy buenas en la primera mitad del XVI, como un nido de herejes, cuyo mayor hereje es la propia reina Isabel I. En ambos países había una visión muy estereotipada. Sin embargo, en esa época hay más interés entre los ingleses por España y la cultura española que al revés. Encontré una carta del conde de Gondomar, el embajador español en Londres en 1619, donde dice: «En los seis años que ha estado a mi cargo la embajada de Inglaterra, no haberse sabido en España dónde está Inglaterra si no es por embajadas, presentes y cosas de gusto». Hay una ignorancia casi total de Inglaterra entre los españoles.En cambio, tras
la paz de 1604, algunos ingleses empezaron a leer español y se hicieron muchas traducciones del Quijote también.Suele pasar que las superpotencias no tengan gran interés en otras partes del mundo, como pasa hoy con los norteamericanos.
P.- En España, hasta la rebelión de 1640, la Edad Moderna es de una relativa paz interior, en comparación con el grado de violencia política en Inglaterra ¿Se debe a que estaba más consolidada la estructura interna de la nación?
R.- En parte, se debe a que el Rey de España es el más poderoso del mundo occidental y desafiarle es peligroso, y, en parte, al sistema pluralista de la Monarquía compuesta. Al no haber un Estado centralizado, los distintos reinos de la monarquía, como Cataluña, Aragón, Valencia, Navarra, tienen más espacio para maniobrar. Lo que desde un punto de vista del siglo XIX o del XX se interpreta como debilidad del Estado, resultó ser una garantía de estabilidad, porque daba espacio político a las otras partes de la Península.Las dificultades vinieron por las tentativas de centralizar.
P.- Usted define la patria en la Edad Moderna como una comunidad territorial e histórica, en la que coinciden lengua y etnicidad.
R.- La patria en ese sentido es el producto de la convivencia, durante muchos siglos, de leyes comunes, unas tradiciones comunes, algunas veces de un idioma común, pero no siempre, y de memorias compartidas. La ciudad es la primera patria; después hay otra más amplia, la de las memorias compartidas y, tal vez, en la distancia, hay otra patria, una España muy vaga, pero en la que se piensa cuando hay un ataque de los franceses o de los ingleses. Así que hay varias lealtades, empezando por el propio hogar, después la patria histórica y poco a poco, en los siglos XVII y XVIII, una España, que todavía son las Españas.
P.- Esa patria, ¿es la raíz de la nacionalidad en el siglo XIX?
R.- Tiene algo que ver, porque sus experiencias y sus memorias se incorporan a lo que pasa en los siglos posteriores. Así, hay una visión de una Cataluña o de un Aragón, que enlaza los siglos.Por ejemplo, que los catalanes recuerden con la Diada la conquista de Barcelona por Felipe V forma parte del sentido actual de la patria que tienen los catalanes.
P.- La monarquía compuesta, ¿se empieza a romper a partir del intento del Conde Duque de Olivares de «reducir los reinos de que se compone España al estilo y las leyes de Castilla sin ninguna diferencia», como escribió en un Memorial a Felipe IV en 1624?
R.- Esto representó un choque enorme para el sistema. Olivares quería familiarizar los distintos reinos de la Península, estrechar los lazos entre las distintas regiones para crear una España más fuerte. Ahora bien, su idea de «terminar con la sequedad y separación de corazones» chocó con las leyes de esos reinos.
P.- ¿Por qué fracasó?
R.- Quiso ir con una rapidez que tropezó contra las tradiciones, los derechos, las leyes, las memorias y el sentido patriótico de estos reinos. El año de 1640 fue un desastre, pero, al mismo tiempo, dio una lección a la próxima generación. Durante la segunda mitad de su reinado, Felipe IV dio la bienvenida de nuevo a los catalanes cuando regresaron a la Monarquía española, jurando de nuevo los privilegios y las constituciones de Cataluña. Durante el reinado de Carlos II no se tocaron los fueros. Pero con la nueva dinastía y la rebelión de la Corona de Aragón contra los Borbones, Felipe V tuvo la oportunidad de conquistar estos países y de hacer más de lo que había intentado Olivares. Pudo empezar de nuevo y creó una España vertical en lugar de la horizontal que representaba la monarquía compuesta.
Desde el principio del XVIII, se abandonó el principio de una España pluralista y se sustituyó por el concepto de una España unida. Pensemos en Carlos III, con su política del castellano como idioma oficial, la bandera nacional desde 1765 y el himno desde 1770. La tentativa borbónica es la primera tentativa seria de crear un Estado español junto con una nación española. Pero la historia de la monarquía compuesta, a mi modo de ver, no ha terminado y estamos regresando a ella.
P.- ¿La revolución catalana de 1640 y la guerra de Sucesión contra Felipe V fueron revueltas nacionalistas?
R.- Sí, fueron la revuelta de las patrias periféricas contra las tentativas de centralización y castellanización de España.Fueron unas revueltas de gente desesperada por el intento de la clase dirigente castellana de identificar España con Castilla.
P.- ¿No hemos hablado de los vascos porque son parte de Castilla?
R.- Y tienen un papel muy destacado. Hablando del Imperio, de la creación de una burocracia, los vascos tienen un papel importantísimo, que forma parte de ese conjunto castellano-vasco y hasta cierto punto, pero no tanto, aragonés.
P.- ¿Cuándo empiezan las tensiones entre el centro y la periferia?
R.- Ha habido dos tradiciones desde el siglo XV: la de una España pluralista y la de una España centralista, unificada. La España horizontal perduró más o menos bien durante los siglos de los Austrias. La España vertical, bajo los Borbones. La lucha entre esas dos tradiciones se dio en el siglo XIX y, en el XX, se produjo la centralización, aunque la tradición pluralista perduró. La última tentativa de centralizar y castellanizar la protagonizó el franquismo. El rechazo a esa fórmula en la Constitución de 1978 supone el regreso a la España horizontal y al sistema de la monarquía compuesta. Hay tensiones, y en cualquier monarquía compuesta siempre las habrá, entre el miedo a la fragmentación y el reconocimiento de la creatividad que hay en la diversidad. Eso es algo con lo que los políticos tienen que convivir para conservar la diversidad dentro de la unidad. Es el gran reto tanto de la España actual, como de la Europa actual. En este sentido, España ha sido pionera en buscar, mediante el sistema de autonomías, un punto de equilibrio entre la centralización y la diversidad. A pesar de las tensiones actuales, soy bastante optimista. Veo los problemas, pero éstos vienen con la solución: como ya hemos visto los desastres que se produjeron en las relaciones entre centro y periferia con Franco, no creo que haya otra fórmula.Especialmente en el mundo actual, en el que cada patria, en el sentido viejo, está tan relacionada con otras partes del mundo que la independencia por sí misma no tiene un gran sentido. Sin embargo, la fuerte centralización y la unificación tampoco pueden resultar.
P.- ¿Ve usted diferencias entre el caso catalán y el vasco?
R.- El nacionalismo vasco, en muchos aspectos, es regresivo, representa una idea sentimental e idealizada del pasado que no tiene mucho que ver con el presente. Ese es el gran problema de la España contemporánea. Hay que buscar la causa en el poder de la Iglesia en el País Vasco en el siglo XIX y en Sabino Arana y su modo de ver la cuestión vasca. Ha sido un nacionalismo muy exagerado, muy distinto de lo que pasó en Cataluña.
P.- ¿Su vuelta a la monarquía compuesta es un modelo teórico? ¿Podría darse con una república?
R.- No, porque en una monarquía compuesta todos reconocen al rey como su rey. La solución que Solozano daba hacia 1640 era: «Los reinos se han de regir y gobernar como si el rey que los tiene juntos lo fuera sólo de cada uno de ellos». Así es como funcionaba en la época moderna: el rey de todos es el rey de cada uno y tiene que respetar las tradiciones y privilegios de cada uno. Ahora han cambiado las cosas. En la época moderna cada reino tenía sus propias cortes e instituciones; ahora hay Cortes generales. Que sepa yo nunca se propuso cuando se redactó la Constitución de 1978 nombrar al rey como rey de las Españas, sino de España. Eso es un gran cambio. A finales del siglo XVIII y en el XIX se creó algo que representa un fortalecimiento de la idea de España y regresar a las Españas, como en la época moderna, ya no es posible.
P.- ¿Cómo se conjuga la globalización con el resurgir nacionalista?
R.- Cuanto más grandes son las cosas, más se busca algo menor y conocido. La idea de Europa misma ha reforzado los nacionalismos.Todos buscan algo que conocen, más pequeño, donde se encuentren en casa. Pero se puede vivir en Europa, Gran Bretaña e Inglaterra, se pueden tener tres identidades.

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