Debate sobre la identidad de España (3/7): M. Fernández Álvarez (El Mundo, 2004)

Manuel Fernández Álvarez
«Cataluña puede sentirse tan España como Castilla»

Su biografía del rey Felipe II lleva vendidas 19 ediciones; la del emperador Carlos V, más de una decena; las de Isabel la Católica, Juana la Loca, Jovellanos… van por el mismo camino. Ningún especialista en la Historia de la España Moderna ha contactado con los lectores como Manuel Fernández Álvarez. Catedrático en la Universidad de Salamanca de 1964 a 1986, miembro de la Real Academia de la Historia y Premio Nacional de Historia por el libro ‘La sociedad española del Siglo de Oro’, el momento estelar de este prolífico escritor llegó con la jubilación, cuando sus libros han demostrado que no se trata de que la Historia no interese, sino de que quizás no se sabe contar. Hombre campechano, afirma de sí mismo: «Yo soy modesto, pero mi pluma… mi pluma, no»


[Entrevista de A. Domenech y A. Arnalte]
PREGUNTA.- Sus biografías de Carlos V y Felipe II han batido récord de ventas y han popularizado los perfiles de los Austrias. ¿En qué medida cree que influyeron en la formación de la unidad política española? ¿Se puede hablar de España como nación antes de ellos?
RESPUESTA.- Con antecedentes visigodos, podríamos arrancar de una etapa en que Isabel y Fernando empiezan a configurar esa Monarquía Hispánica, porque tienen esa meta. Querían forjar un Estado a nivel nacional, con Granada en el horizonte, para cerrar la frontera sur y hacer una nueva España, en el sentido de una nueva estructura política plenamente europea, como se entendía entonces Europa, el espacio de la Cristiandad. Era un proyecto político y religioso.
P.- ¿De dónde le venía a Isabel esta conciencia?
R.- De la tradición de que los reyes procedían de los godos, de una monarquía asturiana que primero se convirtió en Castilla y León, y luego en Castilla la Vieja y la Nueva. Había una trayectoria de siglos de avances desde el Norte hacia el Sur, con miras a restablecer la monarquía visigoda.
P.- ¿Fue la monarquía visigoda el primer concepto de una idea nacional de España?
R.- Sí, aunque también se puede hablar de una España romana, que se desgaja del Imperio, pero mantiene su recuerdo. Luego viene la España visigoda, que se ve truncada por el alud de la cabalgada musulmana a principios del siglo VIII. Pero quedan rescoldos en el Norte que recuerdan que han sido invadidos y quieren recuperar lo perdido. Isabel y Fernando completaron esa recuperación. Fernando es el rey soldado, pero el alma es Isabel. Eran los forjadores de una España que respetaba las diversidades de cada reino, con tendencia a una monarquía supranacional, puesto que Fernando venía ya con la corona de Sicilia en la mano.
P.- Eso parece excluir la tesis de España como resultado de tres culturas: cristianos, musulmanes y judíos.
R.- Ahí hablamos de lo no político, de lo cultural, de «los hilos de tres colores» que evoca Américo Castro. En nuestra cultura hay una herencia musulmana, como hay herencia judía, desde la época de Alfonso X el Sabio en adelante. Pero no quita para que haya un proyecto político distinto. Isabel y Fernando acaban expulsando a los judíos y hacen la guerra a los musulmanes. Quieren una España cristiana y crean el Tribunal de la Inquisición, que es el signo de la intolerancia. Es lo más distinto a esa España de tres colores que añoraba Américo Castro. En todas las loas que hagamos de Isabel, nunca debemos olvidar la nota sombría de la Inquisición, que ha vuelto otra vez hasta una época que yo y los viejos hemos podido vivir y lamentar. Hay que tener cuidado con las páginas negras. El historiador sabe que, de manera inesperada, lo más sombrío puede reaparecer.
P.- ¿En qué sentido la nueva dinastía que llega con Carlos de Gante modifica el proyecto de los Reyes Católicos?
R.- Carlos incorporó los Países Bajos, fue Emperador y complicó la Historia de España. Eso lo sabía el pueblo, porque ¿qué supone, si no, la revuelta de los Comuneros? Es la respuesta del pueblo de Castilla, que estalla cuando se pregunta qué va a pasar con su dinero y sus hombres. Hubo un momento en que Carlos V se dio cuenta de que tenía necesidad de hispanizarse, porque en esa España, que tiene una fuerza de expansión impresionante, está la base de su poderío. El espectáculo que habían dado en Europa Fernando e Isabel es impresionante. Consiguen la unión y terminan la Reconquista. En el pugilato con Francia por Nápoles, los que parecían unos advenedizos, procedentes de una Castilla pobre, que aún no había descubierto las Indias, lograron victorias impresionantes, como Ceriñola o Garellano, en su forcejeo con Francia. Hoy hay una tendencia pacifista, de la que yo participo, pero sería ingenuo no darse cuenta de que la guerra siempre ha sido un factor decisivo en la historia de los pueblos. Eso es una carga que hereda Carlos V y que admira. Pero también está ahí la complicación. El rey de España es también el señor de los Países Bajos, pero con Felipe II, que nació en Valladolid, que no sabe más que dos palabras de francés y que quiere vivir en la Meseta, esa situación es cada vez más forzada. Cuando se produce la rebelión de los calvinistas de los Países Bajos se convierte en una sangría, en un desbordamiento de España. Además, se complicó con aspectos religiosos, con el empeño de que en los Países Bajos todo el mundo fuera católico, algo que ya criticaron los hombres del tiempo. Un procurador en las Cortes de 1592, cuando la situación era muy grave, dijo claramente: «Si se quieren perder, que se pierdan, pero vivamos nosotros un poco más tranquilos».
P.- ¿En qué medida la proyección exterior española influyó en el carácter nacional?
R.- El que se ve protagonista es arrogante. El romano era arrogante. ¿No lo fue el inglés en el siglo XIX? ¿El francés de Napoleón? ¿No lo es ahora el norteamericano? Cervantes lo vio en Italia. En una de sus novelas, recoge esa figura. «¡Qué malquistos somos los españoles en Italia!» ¿Por qué los italianos llamaban bisoños a los reclutas españoles que llegaban a sus territorios? Bisogno es una palabra italiana que significa «necesito». El español que llegaba a Italia, para exigir algo decía: «bisoño tal», «bisoño cual». Todo lo quería…
P.- ¿Esa política exterior imperialista era compartida por los habitantes de la Península?
R.- Había voces que discrepaban. Ni siquiera algo que parecía unánime, como la incorporación de Portugal por parte de Felipe II, fue deseado por todos los ciudadanos. Para muchos, significaba aumentar de tal manera el poder del rey frente al vasallo que, si éste discrepaba, no tenía adonde escapar. ¿Dónde van los comuneros cuando huyen de la ira de Carlos V? A Portugal. La incorporación fue un fracaso, porque la nación portuguesa estaba muy hecha. La primera nación que se forja en Occidente es Portugal. Cuando España todavía está dividida en Castilla, Aragón, Navarra y el reino musulmán en el Sur, Portugal ya tenía su configuración perfecta. Por eso, a principios del siglo XV, ya puede pensar en la gran expansión por los mares, en busca de paso hacia las Indias Orientales.
P.- Un aspecto que define la monarquía de Carlos V y de Felipe II es su proyecto de cristiandad frente a la herejía protestante. Esta lucha y el cierre al humanismo del principio del reinado de Carlos V han definido en negativo la imagen de los españoles e incluso han influido en la creación de la Leyenda Negra.
R.- Al principio, Carlos V era el señor de Erasmo, un humanista, pero, poco a poco, se dio cuenta de que la Inquisición era un instrumento político, el único tribunal que estaba por encima de los dos reinos.
P.- ¿Ve un vínculo entre la expansión imperialista de Carlos V y Felipe II y el control del pensamiento?
R.- Llega un momento en el que el poder político se apoya en el religioso y a la inversa, en que las decisiones que toma el rey parece que están inspiradas por su confesor. Ese es uno de los aspectos sombríos de la España de aquellos tiempos, en la que la Inquisición adquiere un protagonismo atroz. Cuando Felipe II se incorpora de lleno al poder, en España hay dos arzobispos que están junto al rey y no se sabe cuál va a influir más en su ánimo. Uno de estos dos arzobispos es Bartolomé de Carranza, arzobispo de Toledo, que parece intocable. El otro es el asturiano Fernando Valdés, el inquisidor. Valdés es un hombre corrupto que quiere un mayorazgo para un hijo natural suyo y sabe que Carranza es mucho más tolerante, un prelado al que se considera casi un santo porque es de costumbres austeras y está desvinculado de sus riquezas. El proceso a Carranza espantó a Pío V en Roma, que acabó exigiendo al rey que se lo entregara porque sabía que se estaba cometiendo una tremenda injusticia.
P.- Otra de las acusaciones que se hacían a España en la Edad Moderna era la crueldad hacia los indios.
R.- Esta violencia responde más al modelo de Pizarro, en Perú, que al de Hernán Cortés, en México. Pero eso lo hacen los grandes Imperios. Ante esta reflexión, acudo siempre al poeta Pablo Neruda en el Canto General, donde escribe: «Sí, con el puñal, pero también con el puñal vino la palabra». También hay que tener en cuenta que la reina Isabel tuvo la concepción grandiosa de que los indios tenían que ser vasallos libres, y eso en un momento en que un pueblo conquistado se convertía en una cantera de esclavos.
P.- ¿Se puede ver en la revuelta de 1640 contra los intentos de centralización de Olivares una raíz del nacionalismo catalán?
R.- El Conde-duque de Olivares rompió el proyecto político marcado por los Reyes Católicos. Estos no pensaban hacer unas Cortes de España, sino mantener por separado las de Castilla y Aragón. Había una frontera, una lengua y una justicia distintas. Cuando un delincuente pasaba a la otra Corona, había que pedir permiso para perseguirle. Existía respeto a las libertades de esos pueblos. Felipe II lo mantuvo. Hay un sello que le encantaba, un sello que enseguida quiso tener cuando era muchacho, el que reza Philipus Hispaniarum Princeps: Príncipe de las Españas, en plural, no de España. En 1640 Olivares rompió ese concepto, vulneró ese principio, porque tenía otra teoría política y provocó la rebelión. Fue un provocador. Lo que hizo era una barbaridad.
P.- El franquismo supuso el último aliento de una idea imperial, que no hablaba de las Españas, sino de férrea unidad y que idealizaba a personajes como Isabel la Católica y Felipe II, lo que ha hecho que para mucha gente sean hoy figuras negativas.
R.- La Historia es del pueblo y no se puede falsear. Cuando el político quiere arrimar el ascua a su sardina, tiene la tentación evidente de dejarse engañar él mismo. Cree ver en el pasado algo que favorece a sus proyectos políticos e inmediatamente lo aplica. Creer que la «España una, grande y libre» la hicieron los Reyes Católicos es absurdo. La España de los Reyes Católicos no es la que el franquismo quiso crear y manejar, no era el mismo proyecto político y no fue legítimo que el franquismo se apoyara en los Reyes Católicos. Existe el peligro de volver al franquismo religioso, y hay que tener cuidado con eso. Cuando oigo, incluso a colegas míos, decir: «Bueno, es que la Inquisición hay que entenderla en su tiempo», pienso que de ahí a justificar la Inquisición puede haber un paso muy peligroso. No, no, no. Los hombres de su tiempo fueron los primeros que dijeron ¡qué barbaridad, la Inquisición! Incluso un Papa, Sixto IV, quiso dar marcha atrás. ¿Qué diríamos de fray Luis de León? ¿Es que era un enamorado de la Inquisición? Leamos Los nombres de Cristo. Lo que dice, aunque veladamente, va en contra de la Inquisición.
P.- La Constitución de 1978 define a España como un Estado de las autonomías. ¿Cómo ve el historiador la identidad de España?
R.- Como español de hoy, veo que Cataluña tiene una personalidad impresionante, que hay que no sólo respetar, sino mantener y mimar, que es algo grandioso. Pero entiendo que puede permanecer dentro de España, siempre que el resto de España sepa respetarla. Si ese catalán se ve respetado no tiene por qué haber ninguna fricción. Siempre puede haber fanáticos, pero en el fondo de la cuestión volvemos a lo de antes, a la cuestión de las Españas.
P.- ¿Se puede decir que la pluralidad es uno de los elementos definitorios de nuestras señas de identidad?
R.- Yo diría que sí. Es uno de los frutos del modo de ser español que no debemos desaprovechar. Esa manera de tener frutos variados es buena. Volvemos a lo que decía Américo Castro, a la madeja de los tres colores. Esa ya se ha perdido, pero queda al menos esa otra gran madeja, la de los pueblos de España. Que Cataluña puede sentirse tan España como Castilla. El historiador Carlos Seco ha demostrado que hay textos en catalán en tiempos bajomedievales en los que se habla de España. Además, cuando el emperador Carlos V está allí, se ve que los catalanes están gozosos por si hace de Barcelona la capital de su Estado y ésta deja de ser provincia, que es otro de los problemas. Hay que jugar con todos estos conceptos, y eso es lo que puede hacer grande y hermoso el futuro español. En cambio, si no se tiene cuidado con todo esto, el futuro puede ser más sombrío. Hay un gran contraste entre ambas situaciones, de pasar de un callejón sin salida a una situación esperanzadora. Tenemos que crear el futuro entre todos, sin excluir a nadie.

Anuncios

Acerca de Estación claridad: vengo llegando

Abajo y a la izquierda
Esta entrada fue publicada en CALENDARIOS Y GEOGRAFIAS. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s