El fachódromo (24).- “La carta de mi nieto” (José Utrera Molina, en La Gaceta y en su blog, titulado “Arriba”)

Hoy traigo un texto de un facha avant la lettre, un orgulloso franquista que dice cosas que ya no sé si son simplemente admisibles. Ministro del franquismo y convencido de sus “bondades”, nos muestra un discurso al más puro estilo nacional-católico propio de las épocas que añora. El suegro de Gallardón habla del hijo de éste con orgullo (familiar y patrio), y al hilo añora el franquismo y pide la “desaparición” (sea lo que sea eso) por “cualquier medio” (¿por cualquiera?) de Zapatero. No sé qué podría pensarse si cosas como éstas se dijeran desde Bildu, por ejemplo. Del resto del texto, renuncio a comentar nada, aunque os he marcado algunas cosas (no todas las “interesantes”) en negrita. Os reproduzco lo que pone La Gaceta, pero os animo a que entréis a su blog, Arriba, que abre con esta foto que tenéis ahí a la derecha:

La carta de mi nieto.- La Gaceta, 16-06-2011  José Utrera Molina

ZP quiere prorrogar su legislatura para culminar los objetivos sectarios de su agenda.

Ayer, concretamente en el periódico El País, se publicaba una carta de mi nieto Rodrigo en relación con los insultos y agresiones que había sufrido su padre recientemente. He de comenzar escribiendo que el protagonista de esta carta, Rodrigo Ruiz-Gallardón Utrera, goza por mi parte de una estimación fuera de lo común. Le conozco, sé que acumula en su joven personalidad una serie de virtudes poco frecuentes, pero sobre todo tengo que señalar su admirable claridad mental, su objetividad, su falta de prejuicios y su incontaminación de cualquier género de sectarismo político. Es todo un hombre, que es la mejor definición que se puede hacer de una persona. Me ha conmovido su carta porque en ella afirma rotundamente un concepto que fue muy habitual en la prosa política de Ortega y Gasset, quien decía: “Hay que pensar con arquitectura”, es decir, con perspectiva. Añade Rodrigo que vivimos en un gravísimo momento histórico y alude también al final a una descomposición de valores que todos sufrimos. Suscribo esta angustiosa preocupación y esta reflexión serena de mi nieto.

  • Hace unas noches, cuando eran aproximadamente las dos menos cuarto de la madrugada, un griterío infernal me despertó de mi sueño; según pude comprobar después, era el clamor de los indignados en las calles más céntricas de Madrid. La verdad era que mi despertar con sobresalto no lo había sufrido desde hacía muchísimos años cuando las calles de Málaga eran recorridas por gentes que gritaban: “Hijos sí, maridos no”. Yo pregunté por aquellas fechas, con tan sólo 10 años, qué significaba aquello y mis padres respondieron: “No saben lo que dicen”.

    A ese pozo insondable de la memoria han venido en estos días múltiples recuerdos, algunos clavados como punzadas en los primeros latidos de mi joven corazón. Creía tal vez ingenuamente que esas etapas de crispación histórica habían terminado. Recordaba las frases de Aristóteles cuando escribía que el cobarde y el valiente no podían ser igualmente estimados. Ahora compruebo que no es así y que quizá, en el final de este túnel oscuro por el que transitamos, se pueden adivinar situaciones por cuya liquidación hemos trabajado y yo diría que rezado muchos españoles. Hoy al leer la prensa me informo del criterio sublime de Ramón Jáuregui de desenterrar el cuerpo de Franco del Valle de los Caídos. Me parece un soberano disparate y, sobre todo, la traducción a nivel muy concreto del insaciable odio que llena el corazón del presidente del Gobierno, que en definitiva quiere prorrogar su legislatura para culminar los objetivos sectarios y antinacionales que tiene en su sagrada agenda. Es muy posible que la queja y el grito de muchos españoles no pueda impedir tamaña injusticia histórica. Que nuestras palabras se ahoguen en el silencio, que nuestras quejas se ignoren por completo, que nuestro dolor no sea atendido, que nuestra indignación no sea estimada. Pero tenemos muchos españoles la obligación al menos de escribir con letra firme la verdad entera de lo que ha sido la historia de España, hoy manipulada y aniquilada, por los que representan el Gobierno de la Nación. Que sepa Zapatero que un pueblo no puede vivir esclavo de los caprichos de un demagogo, de un enfermo de ira y de rencor. Que queremos por todos los medios que desaparezca de la escena española y que nos libere de esa atroz pesadilla que estamos sufriendo día tras día con su presencia.

    ¿Es posible –me pregunto– que un torrente de odio semejante pueda acercarse a las venas calientes de España? ¿Es posible que una capacidad impresionante de rencor, pretenda ahogarnos sepultándonos en la mentira de lo que ha sido con sus errores y con sus defectos, con sus fallos y con sus éxitos la torturada historia de España? ¿Es posible centrar en la vida de un hombre, como fue la de Francisco Franco, el cúmulo de condenas que sin rigor y sin justicia se están representando sobre su nombre? Parece que sí, sin embargo, aunque mi voz sea ingenua y solitaria, incapaz de movilizar el sentimiento de nadie con el corazón en alto y el alma en vilo, proclamo y declaro que es insoportable la falta de ecuanimidad y de dignidad histórica del presidente del Gobierno y también la de sus acólitos que, por miedo o por otras causas similares, permanecen en silencio contemplando todo este desastre. Dios quiera mandarnos en algún momento un rayo de luz para que se rompan las tinieblas que soportamos con impotencia y amargura. Dios quiera que la ventura de una nueva esperanza nos sitúe con el alma tranquila y que la sombra nefasta del presidente del Gobierno aparezca disuelta en el desprecio y en la señalización de su poderosa ignorancia.
    Es verdad que vivimos unas horas gravísimas pero es también muy cierto que la energía histórica de España no puede sucumbir ante tanto cieno y tanta vileza. Hay que creer en el milagro y yo, octogenario superviviente, creo en él y espero que algún día, aunque yo no pueda verlo, España quede liberada de la ruindad de tantos enanos y malandrines como los que nos gobiernan en la actualidad. Hoy estoy orgulloso de romper mi silencio. Quizá mis palabras aparezcan como salidas de un horno hirviente, pero no podría nunca soportar que alguien me señalara por la indignidad de mi silencio.

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