Alberto Garzón Espinosa.- Twitter, o el infierno de la posmodernidad (2011)

Traigo a mi sección de “firmas invitadas” (contra su voluntad, supongo) a Alberto Garzón Espinosa, de ATTAC, con un magnífico texto que tod@s deberíamos leer con atención, aunque, como se dice en el mismo “tenga más de cinco párrafos”. Pensad, maldit@s

No sé si los lectores tenéis twitter, una herramienta que pretende poner en contacto a todos los usuarios de la red mediante comunicaciones breves de no más de 140 caracteres. Una especie de servicio gratuito (aceptemos esto con reservas) para el envío instantáneo de telegramas virtuales. La tesis que hoy traigo aquí es, sencillamente, que Twitter -y no sólo Twitter- nos idiotiza.

Para aquellos que confunden el botijo con el agua anticiparé que no estoy llamando tontos a los usuarios de twitter. De hecho, el que esto escribe tiene allí cuatro cuentas y, de aceptar tan atrevida e insolente insinuación, tendríamos que concluir que queriéndolo o no sería cuatro veces tonto. Y está en el dominio de la lógica que no estoy por la labor de aceptar tal hipótesis.

Twitter entra dentro de ese concepto de web llamado mágicamente 2.0. y que tiene detrás a un montón de teóricos y activistas que, entre charlas y conferencias de divagación filosófico-primaria, ganan un montón de pasta. La idea de web 2.0 en principio no nos aclara nada. Pero si Twitter pertenece a algo es sin duda al mundo posmodernista. La cuestión entonces empieza a parecer un juego de muñecas rusas, pues nadie tiene claro tampoco qué es el posmodernismo. Ni siquiera los que lo defienden.

La mejor definición que encontré de posmodernismo la leí de un arquitecto. Él estableció las diferencias entre el modernismo y el posmodernismo de la siguiente forma: “el modernismo es una línea, y el posmodernismo una curva”. Y aunque a primera vista parece una elucubración provista de retórica y de nada más, una vez indagas descubres que es la mejor forma de analizar el cambio social que tuvo lugar en los años ochenta. Permítanme que me explique pues reconozco que ya hay encima de la mesa demasiadas variables. Vayamos despejándolas.

En los años ochenta el mundo cambia. Las estructuras económicas de la economía mundial cambian, y con ellas cambia también la forma en la que se relacionan las personas entre sí. Las nuevas tecnologías son aprovechadas entonces para exprimir las posibilidades de una nueva configuración económica. El mundo parece transformarse por entero y no sólo por la emergencia de las llamadas TICS (tecnologías de la información y la comunicación) que permiten un contacto entre dos puntos que es más inmediato de lo nunca se hubiera imaginado, sino porque incluso las formas de vida/trabajo se transforman.

En efecto, los trabajos estables dan paso a los trabajados flexibles, temporales y precarios. El trabajador moderno era un aburrido con un trabajo para toda la vida, con una actividad rutinaria (normalmente asociada a las cadenas de montaje de algún tipo). El trabajador posmoderno es un sujeto ágil, flexible, adaptativo, capaz de enfrentar cualquier problema y sujeto a los designios del mercado. Este segundo trabajador ya no trabaja en un mismo sitio toda la vida sino que tiene que desplazarse de un sitio para otro, para formarse y para ascender. Siempre está formándose y siempre está ascendiendo. Es un trabajador de la sociedad del conocimiento.

Todo cambia, lenta pero progresivamente, y ese virus del cambio se inocula en todas las partes del tejido social. Incluso los arquitectos huyen de la modernidad. En efecto, ya no molan los edificios al estilo soviético, tan homogéneo y serio. Ahora se llevan las formas curvas, la diferencia, la identidad de cada creativo. Porque ahora ser normal es una estupidez; ahora hay que ser guay. Por eso rechazamos lo normal, lo moderno. No podemos consentir la estandarización.

Por extensión el virus se inserta en nuestra mente y nos carcome hasta destruirnos por dentro. Ya no toleramos el compromiso ni ningún tipo de estabilidad. Eso es típico de la pandilla de vagos que nunca quieren aprender, esos modernos. Nosotros, los posmodernos, somos flexibles, nos adaptamos. Somos personas viajadas, conocemos mundo, tenemos idiomas, habilidades adaptativas y siempre damos la bienvenida al cambio. El cambio es nuestra razón de ser.

Por esa razón lo sustantivo no tiene nada que hacer frente a lo adaptativo. Para qué aprender filosofía, historia y literatura si eso no sirve de nada. En el mundo posmoderno lo que importa es lo adaptativo, es decir y traducido al cristiano, lo que se adapta a la máquina de dar beneficios a alguien. Por eso en el manifiesto original del Plan Bolonia había una llamada explícita a fomentar una sociedad del conocimiento, una sociedad posmoderna. Y una sociedad posmoderna se construye formando posmodernos, es decir, formando analfabetos funcionales.

Y así llegamos a las relaciones sociales. Recuerden: el compromiso es basura, como la guerra es la paz en el 1984 de George Orwell. Entonces el amor, de pareja o de amigos, ya no puede ser moderno. Tiene que ser necesariamente posmoderno. No puede ser de compromiso, tiene que ser flexible. Ya no puede ser estable, tiene que ser temporal. Ya no puede ser profundo, tiene que ser superficial. Esas parejas, ahora abuelitos, que tuvieron un amor en toda la vida… ¡menudo coñazo! Ahora llevamos el amor en contacto. ¿Amor en profundidad? ¿Y tener que contarnos y compartir nuestras emociones más hondas? No, por dios. Aquí se lleva ahora el amor superficial. El amor líquido de Z. Bauman. El amor en contacto, el amor en conexión.

Las parejas tienen miedo al compromiso, y no me estoy refiriendo aquí al sagrado ritual católico sino al simple y llano sentimiento de pertenencia en comunidad. Comunidad es compartir y compartir… es malo. Los posmodernos son, también, individualistas. Para adaptarse hace falta no establecer vínculos de origen. Son los marineros del siglo XXI, con un falso compromiso en cada puerto.

La red social real, el tejido social que caracteriza cualquier comunidad de seres humanos, comienza a difuminarse y los lazos que antes eran firmes ahora son volátiles y pasajeros. La primera víctima es, como en Platoon, la inocencia, pero también la solidaridad. La solidaridad, que es compartir, se sustituye por la caridad, que es dar. Aquí, ya lo vemos, la doctrina católica sí ha ganado la partida. La red social real, el corazón de cualquier sociedad, va mutando y duplicándose en la red virtual. Una red que ya es plenamente posmoderna. Una red de contactos superfluos, de intercambio no de conocimiento o sabiduría sino de información cocinada, breve y simple. Una red virtual de evasión, de construcción alternativa de la realidad y de la identidad propia.

La red virtual se convierte en el espejo en el que todo el mundo quiere mirarse. Y al final uno se confunde e identifica realidad con virtualidad. En internet no hay ricos ni pobres. Ocurre como en los centros comerciales, en los que sólo se diferencia cada uno por su capacidad de comprar. Pero no hay clases sociales ni racismo. En internet todos somos iguales y todos podemos hacer lo mismo. O eso creemos. El único objetivo es formar nuestra identidad. Distinguirnos de los demás. No identificarnos. La identificación lleva a la fraternidad y no está el horno para bollos después de 1789. La distinción, por el contrario, lleva a la competencia. Y eso sí que es posmoderno. Distingámonos pues.

Hoy todo el mundo quiere ser especial, y ese es su fin en sí mismo. La paradoja es que todo el mundo quiere un iPhone pero todo el mundo lo quiere personalizado. La identidad virtual es lo primero, pero antes están los beneficios. Ya sabemos: quizás no somos nadie, pero tenemos que parecer que sí lo somos. Escribimos en tuenti para parecer sociables, y tenemos 1.000 amigos en facebook de los cuales 200 no saben quién somos, 200 nos quieren matar y el resto no daría un duro por ti –ni tú por él-. Pero eso sí, ¡te felicita tu cumpleaños! Menudo cabrón más amable.

Los situacionistas de mayo del 68 nos lo advirtieron: ¡os importa más el parecer que el ser! Ellos llamaban sociedad del consumo y de la imagen a lo que venía a ser una simple reversión del capitalismo para sobrevivir. El capitalismo necesitaba mayor consumo y la gente no estaba dispuesta a comprar más de lo mismo. El capitalismo se las ingenió entonces para modificar nuestras preferencias y para inculcarnos el amor a la diversificación. Ingeniosa palabra. ¡Hasta a mí me suena bien! Y lo consiguió gracias a la propaganda, ahora llamada publicidad para evitar que nos diéramos cuenta de que nos estaban timando.

Twitter, como Facebook, Tuenti y la infinidad de herramientas 2.0, es un sistema sincero. Es el mundo posmoderno, donde no reina la sabiduría o el conocimiento sino la transmisión inmediata de un mensaje. Los discursos quedan restringidos y la calidad deteriorada. Se prima la sencillez, la re-adaptación a un mundo de analfabetos funcionales que se cansan al leer cinco párrafos seguidos.

“No tengo tiempo” se ha convertido en una especie de eslogan social. Aquí nadie tiene tiempo para leer, para escribir, para estar en silencio consigo mismo o para mirar a sus conciudadanos. Pero a todo el mundo le sobra el tiempo para intentar ser uno más en el mundo posmoderno.

Hay mucha gente que cree que esta crisis actual no es sólo económica sino también ecológica, política, social y de valores. Yo soy de ellos también. Por eso es necesario volver a reconfigurar nuestros valores de acuerdo a la sociedad que queremos, y viceversa.

Pero que nadie se confunda si ha visto en este escrito una crítica a internet. Si ha sido así que vuelva a empezar a leerlo pero con más tranquilidad y dejando los prejuicios a un lado. Lo que yo critico aquí es el concepto de sociedad del conocimiento o sociedad posmoderna, donde los analfabetos tradicionales se han sustituido por analfabetos funcionales y donde el ser humano está reprogramado como mero apéndice, desechable y de corta vida útil, del sistema económico capitalista.

Un chico de 23 años que sabe leer y hacer derivadas de cualquier orden no es una persona culta. Ese chico puede ser perfectamente un analfabeto funcional porque es incapaz de comprender un texto, como este, en el que hay conceptos e ideas que se le escapan a su formación. Un problema que no es responsabilidad suya sino del propio sistema que no le necesita a él en tanto que persona sino en tanto que medio para un único fin: los beneficios.

Por eso encontramos solución a la paradoja que quizás a algún lector le habrá parecido encontrar. En efecto, este texto está en internet y fue publicado en un blog. Pero es sustancialmente diferente al resto de contenidos que hay en internet. Es, a fin de cuentas, un intento de recuperar internet y otras herramientas como medios para la construcción de una sociedad diferente. Más humana. Porque algunos replicantes son más humanos que algunos amigos que tenemos.

(A. Garzón Espinosa – Consejo Científico de ATTAC España)

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Una respuesta a Alberto Garzón Espinosa.- Twitter, o el infierno de la posmodernidad (2011)

  1. Gaby dijo:

    te recomiendo leer “El hombre light”, aunque me parece que toca de manera general muchos de estos puntos, hace una descripcion interesante del hombre consumista, hedonista postmoderno

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