Geográficamente, Europa no existe, y mucho menos “Occidente” (una respuesta a J. M. Aznar)

Ya he hablado brevemente y desde otra óptica de las palabras de Aznar en otro lugar (http://impensando.wordpress.com/2011/02/08/1-sobre-aznar-y-egipto-occidente-y-colonialidad/). Ahora quiero profundizar más desde otra óptica, más geográfica, en los conceptos (colonialistas) que manifiesta. Al hilo, se refleja también una crítica a la “Unión Europea realmente existente”, y a las visiones que se tienen desde España habitualmente.

“Ya semos europeos”. Esa fue quizá la frase que mejor definió el ambiente que rodeó la incorporación de España a las entonces Comunidades Europeas en aquel ya lejano año de 1986. Se culminaba un camino que se había tratado de abrir mucho antes, y que fue negado por la falta de libertades del régimen existente. Cierto es que en 1970 se firmaba un Acuerdo Preferencial que incidía únicamente en aspectos comerciales, abriendo de alguna manera la puerta a los acontecimientos posteriores, que se precipitarán tras la muerte de Franco, y, sobre todo, tras la llegada al poder del PSOE en 1982.

    Por aquellos años, parecía haber una idea generalizada en la opinión pública de que Europa era el único camino, lo que evitó (parece ser) tener que realizar un referéndum similar al que, sesgadamente, bien es cierto, se realizó en relación a la OTAN. Se daba por supuesto que nadie se negaba a la integración en el proceso de construcción europeo.

    Integración europea que en aquellos 1985-86, con la firma de la adhesión de España y Portugal, suponía llegar a la “Europa de los 12”, que aumentaría a la “de los 15” con la entrada una década después de Suecia, Finlandia y Austria. Era esa Europa que por aquel entonces, y hoy cada vez más, se denominaba “occidental”, dado el marco de la guerra fría todavía vigente. Los referentes europeos eran los países más avanzados del planeta, una vez producido el milagro económico de los años dorados del capitalismo impulsados principalmente por el dinero estadounidense del Plan Marshall en los ya lejanos años de la posguerra europea. Eso era Europa, y eso, pese a todo, sigue siendo Europa. La realidad sigue siendo “la Europa de los 15” (la parte que pertenece a “Occidente”), a la que se han añadido otros, eso sí, aceptando las reglas de “aculturación” (el acervo).  ¿Está en el imaginario colectivo de los españoles la idea de europeidad a partir de Chipre, Rumanía o Bulgaria, por poner algunos ejemplos? ¿Son “Occidente”?

    Más aun: ¿es Europa un concepto geográfico, político, económico, cultural, geopolítico, geoeconómico…? Muchas respuestas se van dando a ello, muchas veces con muchas dificultades, entre otras cosas derivadas de definir sus propios límites: ¿es Rusia Europa? ¿Y Turquía, país musulmán? ¿Deberían ser Europa países como Israel o Armenia, que de hecho lo son en los escenarios deportivos o de Eurovisión, por poner ejemplos claros? ¿No son Europa Suiza, Noruega o las antiguas repúblicas yugoslavas todavía no integradas en la Unión Europea? Y más allá. ¿Qué es Europa tras Maastricht? ¿Qué plantea el Tratado de Lisboa, que no profundiza en la Europa social, en relación al camino que debe seguir la UE? ¿Y “Occidente”, cuál es su geografía?

    Seamos claros: geográficamente Europa no existe, al menos como la entendemos, como un continente. Es evidente con un simple vistazo no ideologizado a un mapa que no es más que una península de Asia. Pero aun aceptando que pueda entenderse como una entidad propia desde el punto de vista espacial, deberíamos reconocer que Europa y, por tanto, la Unión Europea, plantean problemas incluso conceptuales. Europa es poco más que una “construcción mental vaporosa”, como señala el profesor C. Taibo. Junto a ello, en Estados Unidos es frecuente la confusión entre Europa y la Unión Europea. Pero también lo es en España. Conviene no olvidar todas las ventajas económicas que hemos obtenido desde nuestra integración en el proceso comunitario, pero conviene no olvidar tampoco que más allá de esa integración económica hay poco más en otros planos de la Unión. Se habla de una Europa social, pero la realidad no respalda las afirmaciones. Se habla de una Europa como interlocutor internacional que sin embargo no tiene una voz común en los foros internacionales. Se habla de actuaciones de Europa que sin embargo manifiesta enormes divisiones en todos aquellos aspectos relacionados con la soberanía política (léase ejército y relaciones internacionales; la actitud de las distintas naciones europeas ante la invasión de Iraq de 2003 es ejemplo evidente, y de gran relevancia). Y en la evolución que supuso Niza, y que sigue presente en Lisboa, y quizá aun más patente ante la crisis global que padecemos, la única realidad es la relacionada con los aspectos económicos: MÁS MERCADO (con el consabido paréntesis salvador cuando al gran capital le ha interesado). Cabría preguntarse por qué las elecciones europeas tienen unas expectativas de participación de poco más del 25% en nuestro país. Podría ser que una “opinión pública” informada considere que de poco nos sirve la representación en un Parlamento de la Unión Europea (que no Parlamento Europeo) que no deja de ser poco más que un refugio dorado para burócratas en busca de grandes sueldos y otras prebendas. Podría ser también que en el fondo la mayoría de la población, pese a los discursos, considere que Europa/Unión Europea poco hace o puede hacer en relación a nuestra realidad más cotidiana. O podría ser que, pese a todo, nos sintamos tan cercanos a un estonio o a un finlandés como a un vietnamita o un senegalés, por poner algún ejemplo. ¿Cuáles son los símbolos comunes que generan la identidad europea? ¿Cuáles son los parámetros de la gestación de la idea comunitaria, de la “comunidad imaginada” Europa, en términos de B. Anderson? ¿Y “Occidente”, por su parte, dónde lo situamos “geográficamente”?
    Quizá no hace falta ir demasiado lejos. La crisis económica global que vivimos ha vuelto a poner encima de la mesa que la idea de Europa es, cuando vienen mal dadas en lo económico (que ya hemos señalado que es el único factor real de integración) poco más que una idea difusa y confusa. Cada país ha buscado sus propios mecanismos de respuesta a la crisis, y poco se ha hecho como entidad común, con intereses comunes. La idea de Europa ha dado paso a la del ¡sálvese quien pueda!, que poca gloria da a los referentes habituales. Sólo ante el riesgo generado se han dado mecanismos de unión, referidos siempre a lo financiero, y además impuestos, obligados. Integración (económico-financiera, claro, manda). ¿Y cuáles han sido los mecanismos de defensa conjuntos de “Occidente” ante la crisis?

    Pese a todo, sigue habiendo un discurso que desde los medios trata de “vender” (y nunca mejor dicho) que la Unión Europea es algo más que lo que algunos han dado en llamar la “Europa de los mercaderes”. Pocos se atreven a plantear posiciones críticas, aunque cuando lo hacen, deben hacernos al menos meditar sobre ciertas ideas preconcebidas que articulan los discursos, pero que no por ello son necesariamente ciertas. Cerraré con algunas reflexiones de la mano del profesor Carlos Taibo, que, vaya por delante, no quieren suponer una afirmación de eurofobia o de euroescepticismo soberanista/nacionalista: “tal vez no son tantos los cambios que se han verificado al amparo de un proceso de construcción europea que se prolonga ya durante medio siglo. En realidad, en la figura del padre fundador por antonomasia, Jean Monnet, ya se retrataban de manera cabal muchas de las dobleces de lo que hoy es la UE: ahí están, para testimoniarlo, la indisimulada vinculación de Monnet con el mundo de las finanzas, su desconfianza con respecto a la voluntad popular, su franca defensa de la fría eficacia tecnocrática y su sumisión de fondo –tantas veces olvidada- a Estados Unidos y sus intereses. Con mimbres como éstos se ha forjado un gigantesco, ambicioso y razonablemente eficaz mecanismo de explotación de much@s por un@s poc@s que invita, por necesidad, a la contestación” (Carlos Taibo, No es lo que nos cuentan. Una crítica a la Unión Europea realmente existente, Barcelona, Ediciones B, 2004).

    Así, quizá lo que debemos buscar es una nueva idea de Europa, sustentada en relaciones de una mayor solidaridad que conduzcan a una construcción que se base en lo social, lo ecológico y la profundización en la democracia real (lo que sería la tan nombrada Europa de los ciudadanos) y, más allá, lo referente a la mejora de las condiciones del conjunto del planeta. O, en otras palabras, ¿por qué tenemos ciertos “deberes” con los países incorporados más recientemente a la Unión y no con los que forman la “frontera sur” de la UE al otro lado del Mediterráneo? ¿Por qué sentimos que debemos ser solidarios con Eslovaquia y no con Paraguay o Níger, por ejemplo? ¿Solidaridad “occidental”, pero no con el resto?

   Todo ello nos debe llevar, por tanto, a una crítica a la “Unión Europea realmente existente”, a una contestación, que debe darse ante la realidad, y también ante las ideas. En última instancia, quizá no estaría de más rescatar el título de la obra de Carlos Taibo que se ha citado: No es lo que nos cuentan. No estaría de más tampoco que reflexionásemos sobre qué queremos que sea la Unión. No en vano, nuestro gran logro parece ser que ha sido lograr la “CIUDADANÍA EUROPEA”. Comportémonos, pues, como ciudadan@s.

¿Y de “Occidente”? ¿Somos ciudadanos, o simples “integrantes”, eso sí, superiores a los “otros”, a los no occidentales, a los que no han tenido la suerte de nacer en la parte “civilizada” del mundo?

Si ya la Unión Europea manifiesta muchas dudas en cuanto a su actuación como “sujeto político”, y no hay más que mirar a Egipto hoy para que sea evidente, ¿quién es el sujeto político “Occidente”? Ah, sí, “nosotros”, a quién “ellos” deben imitar. No hay como el complejo de superioridad, y más viniendo de quien viene.

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