Migrantes

Tenemos la suerte de haber dejado de ser un país de emigrantes y de ser ahora un país receptor de inmigración. Como en todo país industrializado, los trabajadores sin papeles, dispuestos a trabajar jornadas laborales de más horas por menos dinero, permiten la prosperidad de nuestros países ricos, a través de lo legal y lo ilegal: talleres clandestinos, tráfico de seres humanos, redes organizadas… y trabajos “solamente” degradantes para los más afortunados.
Charito Baso, representante del Consejo de Mujeres Filipinas en Italia, explica la situación de sus paisanos (en L. Hernández Navarro.- Sentido Contrario, México D.F., La Jornada Ediciones, 2007):
“Un filipino experto en computación no encuentra trabajo en su país y emigra a Hong Kong. Tampoco allí hay empleos para lo que él sabe hacer. (…) Al visitar el zoológico encuentra que hay una plaza vacante. Pregunta por ella. Le explican que el gorila murió y necesitan a alguien que se disfrace y ocupe su lugar en la jaula. Acepta la chamba. Días después le piden que comparta la jaula con un tigre. Tiene miedo, pero no le queda otra. Accede. Cuando el felino se le acerca, dice en voz alta: ‘Dios mío, que no me coma, soy filipino, no un gorila’. Al escucharlo, la fiera le responde: ‘no te preocupes, yo también soy filipino’.
Cuando el auditorio explota a carcajadas, Charito sigue su relato: ‘Ya los hice reír, ahora los voy a hacer llorar’. Según ella, de los 62.595 filipinos legales que hay en Italia, el 66% son mujeres, en su mayoría trabajadoras domésticas. Comienzan a laborar a las 6 de la mañana y terminan a las 12 de la noche. No pueden protestar: el despido implica no sólo perder un ingreso, sino la vivienda (…)”.

En los países ricos el racismo sigue creciendo, y los migrantes se ven como un problema, acusados de robar el empleo y generar inseguridad. La globalización neoliberal ha convertido a los hombres y mujeres nuevamente en nómadas. ¿Progreso? Que se lo digan todos aquellos que tienen que disfrazarse de gorilas y tigres en cualquier parte del mundo rico; que respondan los hijos y los parientes de quienes han fallecido cruzando las fronteras y o chocando contra los muros por tratar de ganarse la vida dignamente. Y nosotros, en nuestros países ricos ya, olvidamos fácilmente lo que fuimos hasta no hace tanto… “Ya no recuerdas, los trenes que partían de aquí, cargados con tu esperanza, hacia la vieja Alemania. Se rompen las cáscaras de nuez contra tus costas. El Estrecho es un abismo, que salva la vieja Europa. ¿De qué? ¿Ya no recuerdas? Pueblo emigrante, enfermo de amnesia” (Dulce Memoria, de Ismael Serrano, en “Naves ardiendo más allá de Orión”, 2005)

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