Sigo enfadado, perplejo y asustado: ¿democracia?

Deberíamos partir como punto inevitable de que la democracia la hacemos (somos) tod@s, pero es evidente que no es así. Nos hemos conformado con las migajas que nos han dado, y hemos perdido la voz verdadera, alcanzando el “nirvana” del conformismo social. He tratado de ello en el artículo anterior pero no me resisto a incidir en lo que planteaba M. Roitman en su libro El pensamiento sistémico. Los orígenes del social-conformismo (Siglo XXI, 2005, p.1): “el conformismo social es un tipo de comportamiento (…) [que se] presenta como un rechazo a cualquier tipo de actitud que conlleve enfrentamiento o contradicción con el poder legalmente constituido”. Eso sí, todo nuestro inconformismo se dirige contra los que están tan mal o peor que nosotros, rompiéndose la unidad necesaria para luchar conjuntamente contra los verdaderos responsables de la situación y por la defensa de un estado que garantice al menos los mínimos sociales conseguidos.
Hace poco, en una conferencia en La Casa Encendida, I. Ramonet cuestionaba la supuesta inviabilidad del estado del bienestar con un argumento que parece muy razonable: ¿cómo es posible que se pusiera en marcha en una Europa devastada por la 2ª guerra mundial, en países destruidos y arruinados…, y hoy, tras la época de mayor crecimiento de la historia de la humanidad, se plantee que los estados no pueden hacer frente a los servicios sociales básicos?
Será que la ideología prima sobre la realidad. La ideología neoliberal se ha extendido como un cáncer por el tejido social, tanto en la realidad como en el pensamiento, hasta el punto de hacer dar por buenos puntos de vista y conceptos que no son más que pura ideología. Y el primero de ellos que la “economía” está por encima de la política y la sociedad. Vemos así que la democracia (la liberal, representativa, que es la que tenemos, aunque habría que empezar a cuestionarse seriamente si esto se parece en algo a lo que debería ser la democracia) pierde su vigor, en lugar de consolidarse, entre otras cosas por el papel jugado por unas elites políticas que dan la impresión (más que razonada, por otra parte) de que defienden más sus propios intereses que los de aquéllos a los que supuestamente representan y en nombre de los cuáles gobiernan.
Convendría recordar el programa y algunas actuaciones de 2008 del entonces candidato a la presidencia del gobierno, J. L. Rodríguez Zapatero, quien, en febrero de ese año “se presenta en la sede de los sindicatos y PROMETE que jamás tomará ninguna medida sin contar con el apoyo de las organizaciones sindicales” (A. García Santesmases, “Es la democracia, estúpido”, El Mundo, 24 de mayo de 2010, p. 21).
No tardará mucho en “desdecirse”, y en mayo de 2010 se aplicaba el robo (perdón, recorte) salarial a los funcionarios y se congelaban las pensiones… sin contar con el apoyo de los sindicatos, obviamente. Tras ello, paralización de las obras públicas, eliminación de las ayudas por la ley de dependencia, a los nacimientos, a desempleados… y discursos puramente neoliberales de un gobierno supuestamente progresista. Lo curioso es, quizá, que los sindicatos (que condenan y de hecho convocan incluso una huelga general -otra cosa sería analizar si ésta fue de “guante blanco” o no, a lo que podremos entrar otro día-), son culpados por muchos de “no hacer nada” o de ser instituciones anacrónicas, no adaptadas a las nuevas realidades sociales; mientras que los que conminaban al presidente a actuar de esta manera, siguiendo los dictados de la “lógica” económica y de la “inevitabilidad” de las medidas de ajuste estructural neoliberal, empiezan a criticarle, aunque al no poder hacerlo directamente, ya que está haciendo aquello que ellos harían, sesgan el análisis en relación a lo “tardío” de las medidas, solicitando la dimisión y/o la convocatoria de elecciones generales (me refiero, obviamente, al Partido Popular, pero también a todos esos programas “informativos” de ciertas cadenas que han proliferado en la “maravillosa” TDT). Eso sí, sin presentar ninguna alternativa explicativa de qué harían en caso de estar gobernando, aprovechando únicamente el momento para subir en las encuestas de intención de voto sin mojarse en qué harán cuando estén en el poder.
Es posible que sea porque los dirigentes de los dos partidos únicos españoles sean tan poco demócratas los unos como los otros, más allá de las retóricas. Aunque quizá no conviene fustigarnos, dado que en toda Europa los líderes están haciendo lo mismo (salvo honrosas excepciones, como la islandesa). Eso sí, los ciudadanos que criticamos a los gobernantes somos bastante menos activos a la hora de solicitar cambios que los de otros países europeos. A la vista está.
¿Por qué toda esta situación? Quizá porque todavía nuestra sociedad conserva demasiados rescoldos del periodo anterior, o quizá porque hemos dado por buena la conversión sufrida, pasando de ser ciudadanos a ser simples consumidores y usuarios (que nadie se asuste, que es la jerga de la Nueva Gestión Pública, aquélla que en los 90’ empezaba a plantear la “necesidad” de “adelgazar” al ineficaz Estado y privatizar todos los servicios, haciendo “usuarios”, literalmente, a los ciudadanos, incluso en relación a las administraciones públicas, y que, es evidente, es hoy corriente mayoritaria consiguiendo que entre en el lenguaje cotidiano la “necesidad” de eliminar los servicios sociales).
Entretanto, para seguir la conversión, se recurre a generar malestar en la sociedad, enfrentando a unos con otros, lo que lleva a una degradación aun mayor de nuestra endeble democracia. Sin embargo, como reflejaba Santesmases en el artículo citado, “no es lanzando a los parados contra los funcionarios, ni a los trabajadores contra los inmigrantes como se consolida una democracia. La democracia requiere virtudes cívicas donde es imprescindible la solidaridad. Sin ella no es factible la cohesión social. Pero la solidaridad no se puede fundar en un mundo donde la elite de poder va aumentando continuamente su riqueza mediante toda clase de medidas financieras y fiscales mientras los funcionarios, los trabajadores con empleo, los sindicalistas, los médicos y los profesores son los que aparecen ante la opinión pública como unos privilegiados”. De hecho, como decía E. Galeano, Alicia no necesitaría hoy asomarse al espejo para ver el mundo patas arriba, la realidad al revés. Los que aparecen como privilegiados son los que sufren las consecuencias de la crisis (obviamente quedan aún por debajo los parados, los inmigrantes sin papeles o los excluidos en general), mientras las cifras DEMUESTRAN que la crisis ha beneficiado enormemente a los que más tenían, y al mismo tiempo la democracia sigue perdiendo su sentido, de la mano de la “inevitabilidad” de que los representantes de la soberanía deben obedecer a los mercados financieros y no a los que les eligen para que gobiernen en su nombre. Eso sí, la lucha enfrenta a los de abajo contra los de abajo, mientras los de arriba siguen cosechando privilegios y actúan contra los que deberían proteger.
¿Qué supone, pues la crisis? Pues es evidente, si se quiere ver. Supone consolidar los privilegios de las elites económicas, la eliminación de la política como tal, el desmantelamiento del estado del bienestar (que recordemos, no es un asunto puramente español, sino sistémico), y, lo más preocupante, la confirmación de la apatía y la desunión de la sociedad. Un sistema explotador, que nos ha llevado a una crisis económica, pero, conviene no olvidarlo, también a una crisis política, social y, lo que quizá es lo más importante, ecológica, sin precedentes; un sistema que deberíamos luchar por eliminar, se transforma, en lugar de caer, en otro que da aun más privilegios a aquéllos que más tenían, e insiste tercamente en la imposibilidad de hacer frente a la cobertura de las necesidades sociales básicas (educación, sanidad, pensiones…) en nombre de la sacrosanta inviolabilidad de los mercados… que, eso sí, en cuanto lo han necesitado, han recurrido a los denostados Estados para que los “rescaten”.
Podemos concluir, con Santesmases, que, si sólo “domesticando” el capitalismo se pudo hacer que la democracia arraigara, hoy asistimos al proceso contrario y vemos cómo los mercados arrodillan a la política. Por ello debemos preguntarnos por el futuro de la democracia. Y, recordemos, cada un@ de nosotros y nosotras hacemos (somos) la democracia.

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